Deseé que al despertar
estuviese allí
a mi lado.
No ocurrió pues por fortuna
para ella
y para mí
lo que empezó aquella tarde
lo dió por finalizado.
Esos momentos,
por nuevos,
me hicieron volver atrás,
respirar como lo hacía,
sin mirar a los demás.
Y aunque el reloj se paró
en las nueve menos veinte,
fuí muy poco convincente
y el aire se disolvió.
Aún recuerdo su sonrisa
y su voz tan confortable,
más que el sofá de la sala
y que mi descapotable.
Pequeños coches los nuestros,
- se llevaron un disgusto-
pues nos vieron tan dispuestos,
tan a gusto.
lunes, 11 de mayo de 2009
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